jueves, 8 de julio de 2010

“PREGUNTADLE A LOS POETAS” (Sigmund Freud)

Rima XXX

Asomaba a sus ojos una lágrima,

y a mi labio una frase de perdón;

habló el orgullo y se enjugó su llanto,

y la frase en mis labios expiró.

Yo voy por un camino, ella por otro;

pero al pensar en nuestro mutuo amor,

yo digo aún: ¿por qué callé aquel día?

Y ella dirá: ¿por qué no lloré yo?.

Comienzo con esa rima de Bécquer, pues pienso que refleja mucho de lo que el autor nos expone en su texto. Un poeta nos muestra el fenómeno cien años antes que el científico (Echeverría es sociólogo de la PUC).

Lo primero que me pasa con el texto, en término de aprendizajes o posibilidades que se abren, es lo de la responsabilidad de lo que se dice. Del hablar. Y con ello no sólo incluyo esto de decir o pronunciar palabras. Incluyo los silencios, el callar, y el gesto y sus multiples posibilidades, etc.

John Lennon cantaba aquello de “life is what happens to you while you’re busy making other plans”, y si bien en algún sentido es cierto, no es menos cierto lo que Billy Joel cantaba un poco antes “I never said I was a victim of circumstance”. La vida, el mundo, no sólo nos ocurre, sino que uno está ahí. Uno la hace ocurrir. Y como los más jóvenes suelen decir “uno coopera”.

Miro los innumerables momentos de quiebre que he vivido o vivo, y no puedo sino darme cuenta que en muchos de ellos, quizá en todos, pude haber dicho algo antes o durante, algo que hubiese cambiado las cosas. Eso no quita responsabilidad al otro en esa interacción. Sólo que no logro soslayar la mía. Yo estuve allí. Yo pude hacer algo distinto: pude haber dicho. Y si pude, entonces puedo.

Eso quiero decir con esto de la responsabilidad. Requiere que esté muy atento a lo que pasa, a lo que escucho y a lo que digo. Maturana dice algo así como “no es el saber lo que obliga, sino que el saber que se sabe”. Sé que sé, no me puedo hacer el leso. En lo inmediato esto refuerza algo que ya he dicho que hago en el manejo de de promesas, de coordinaciones de acciones. Ya sea orador u oyente, saber decir y saber escuchar; preguntar pertinentemente de modo de ya sea rechazar o aceptar, pero responsablemente. En el desempeño cotidiano he vuelto a recobrar conciencia de esto. Pongo especial énfasis en la especificación de las condiciones de satisfacción, y plazos, tanto como orador como oyente. Me hace gracia que varias veces me ha estado pasando que mi interlocutor se muestra asombrado pues me adelanto a lo que va a decir, o ya tengo respuesta a lo que me está preguntando. Incluso, esto me ocurre en el espacio más personal o íntimo, con familia o amistades.

Veo también que no sólo tiene que ver con lo que hago (digo o no digo) en el mundo allá afuera, léase “fuera del mundo curso y sus tareas”, sino también con el mundo aquí adentro (el curso y sus tareas). Echeverría puede o pudiera decir muchísimas cosas, sin embargo elige decir lo que dice (y callar lo que calla). Carlos ídem. Pilar y Carmen, también. Y cada uno de mis compañeros. Yo también, tanto en sesión como en las tareas. Hace unas semanas dije eso de que cuando Carmen nos invitó en la primera sesión a biodanza, me resistí y me hice rollos y etcétera. Sin embargo, en la siguiente sesión cuando ella nos invitó a compartir lo que esa experiencia, enfrenté un pequeño dilema, esto es, ¿callo? ¿miento? ¿digo la firme? Dije la firme y fue muy simpático, para mí, lo que un compañero dijo luego: “ahora podemos hablar el resto…”, refiriéndose a que ya que uno había dicho algo semejante, otros se atreverían a hablar en esa línea. Hoy estoy aquí redactando mi tarea sobre el texto, y esta tarea aquí no está exenta del mismo dilema. Frente al texto me pasan muchas cosas, le encuentro valor en muchas partes, y en otras no…¿lo digo? ¿lo callo? ¿miento?

También el texto me muestra algo que no siempre considero. Escuchar es una acción. Si escuchar es dar sentido, implica la misma responsabilidad y/o compromiso que en el caso de hablar. De hecho es un hablar que hago o despliego respecto del otro y sus inquietudes, y si es hablar, es acción y me compromete. Ese escuchar mío, es mío, valga la redundancia. Es mi rollo. El rollo, sin embargo, nunca es puro rollo; su fundamento pudiera ser espurio, pero sus consecuencias siempre son concretas. Y eso me queda muy claro. Mi escuchar, en tanto acción, genera cosas en el mundo. Perdón, quiero decir: con mi escuchar, en tanto acción, genero cosas en mi mundo. Debo estar muy conciente de hacia donde me conduce, para poder aceptar las consecuencias que me acarrea en armonía. Quiero reiterar aquí que una de las cosas o aspectos que más me impacta de esta perspectiva es lo que dice relación con la responsabilidad propia por su mundo. Recuerdo algo que aprendí en metodología de investigación, aquello de la navaja de Occam: mantenerme simple y apegado a los datos.

Por último, el texto me generó muchas preguntas y tensiones. Críticas, en verdad. Intentaré ser breve y claro. Si bien el valor del hablar y lo particularmente importante del escuchar lo suscribo, con los compromisos y responsabilidades implicadas, así como su, para mí, evidente valor práctico para establecer coordinaciones efectivas, especialmente en el espacio del trabajo y los negocios, me parece que el modo de argumentar del autor es discutible:

- Recurre a otros para fundamentar su punto, pero luego se aleja de ellos o calla en su respecto, pues si siguiese a aquellos a cabalidad su propio punto se haría discutible (por ejemplo, el recurso de Maturana respecto del escuchar y oír, p.2).

- Hay saltos lógicos, sin desarrollar con mayor detalle el proceso que lo llevó de un punto al siguiente (por ejemplo, del oír al escuchar, lo cual es despachado sumariamente y de modo discutible, al menos; p.3).

- Hay uso ambiguo de términos, a veces distinguiendo uno de otro, en otras utilizándoles como si fuesen sinónimos; en otras ocasiones pone como sinónimos conceptos que no lo son, sin desarrollar el fundamento de cómo los llega a hacer sinónimos (por ejemplo, intención y acción; p.6).

- Expone ideas de autores de perspectivas distintas a la propia, pero sin ser preciso en el conocimiento y manejo de los conceptos de aquél, resultando en una suerte de descalificación del autor citado (la exposición del caso Freud es claro ejemplo; p.6).

- Muestra contradicción al desarrollar una perspectiva que presume de no metafísica, pero finalmente recurre a argumentos o lenguaje metafísicos o similares (rechaza posturas que recurren a la hipótesis del “homúnculo”, p.6, pero finalmente habla de “alma”, p.13, y que se puede acceder a ella, p.14).

- No se hace cargo de otras ideas que expone en otras partes de su libro (me refiero Ontología del Lenguaje), y es así como reparte juicios sin mostrar a qué se refiere exactamente, como si hubiese una y unívoca forma de entenderlos (dice cosas como grandes políticos, grandes negociadores, grandes empresarios, pero ¿grandes para quién? ¿en qué sentido grandes? ¿con qué fundamento les declara grandes? ¿su único fundamento es la efectividad atribuida?; p.13).

- Una de las críticas más serias que hago es lo que yo llamaría cierto “silencio ético”, en tanto si consideramos las prácticas que propone, éstas parecen muy efectivas, y aunque hay una argumentación final en donde habla de aspectos éticos, ésta es discutible y quizá prescindible (p.14); por eso me parece importante insistir en lo dicho respecto de aquello de “grandes empresarios”, “grandes negociadores”, “grandes políticos”, ya que su “grandeza” puede fundarse de modos distintos y con implicancias éticas contrapuestas. El fundamento escueto que da para su “grandeza” es su efectividad (p.14). Pero “efectividad” está lejos de ser un valor. Nuestros torturadores fueron sin duda efectivos y quizá eficientes, pero nunca buenos.

- Lo expuesto hasta aquí no agota lo que puedo decir respecto del texto, el cual valoro en las implicancias prácticas que desarrolla (por favor, que no se me malinterprete…), análisis que cierro ahora con un último punto, y dice relación con esto del escuchar. Fíjense que cuando desarrolla el punto, mismo que suscribo en lo general, es muy claro en que este escuchar es una interpretación, y como tal un relato que yo me hago respecto del otro y sus inquietudes ¿no?: por lo tanto yo soy responsable de aquello; sin embargo, hablar desde esa perspectiva, y aceptarla acríticamente puede ser usado de modo muy efectivo para bloquear cualquier intento de discusión sobre el mismo argumento, pues cualquier crítica que se haga a la perspectiva, podría ser anulada con respuestas del tipo “ah…claro, ese es tu escuchar…” o “ah…eso que dices (tu crítica) revela al observador (o escuchador) que tú eres…”. Si mi memoria no me falla en filosofía esto se llama algo así como “crítica ad hominem”, y con ella dejamos de revisar las ideas expuestas y analizarlas en su mérito, pues le disparamos a quien expresa la crítica, a buenas cuentas le decimos “mi perspectiva no tiene nada malo, o por lo menos no lo discutiré, pero tú tienes un problema en tu modo de entender (o escuchar)…y yo ya te dije que el escuchar es importante…”.

Eso por ahora, espero en sesión conversarlo un poco más.

1 comentario:

Dra. Natalia Vergara Canales dijo...

Te cuento que una vez que leí tu posteo me generó un impulso inmediato escribirte, luego cuando ya debía materializarlo comencé con dudas, de que si es a tiempo, o pertinente, o se lo digo personalmente.

Creo que el blog es un espacio de dialogo nuestro, así es que debemos hacernos cargo. Comparto varias ideas tuyas expuestas en relación al texto, me parece muy interesante el análisis que haces del autor y coincido al leerte, sobretodo con el punto de la efectividad como valor y la analogía con los torturadores.

Que tengas una buena semana,

Andrea